Tiemblan las hojas al paso del tiempo. Tiemblan hasta caer extenuadas y absortas ante su muerte, ante el final del fin. Crujen mientras las piso al compás de Nouvelle Vague y miro al cielo. Todo está teñido de un gris pastel, sincronizándose con mi humor. No tengo prisa en llegar a casa y me recreo mirando los aparadores: “descuento”, “liquidación por traspaso”, “se vende”, “se alquila”, “se vende o alquila”, “se vende, alquila o traspasa...”, y sistemáticamente se dibuja la famosa palabra en mi corteza prefrontal, CRISIS. Es entonces cuando me paro a pensar, sin dejar que la música rija el compás de mi razón, apartándola y relegándola a la categoría de banda sonora:
¿Sentimos que algo pasa cuando realmente pasa o cuando nos dicen que pasa?. Sabemos que algo pasa cuando nos lo dicen, pero sentimos que pasa cuando nos lo repiten. Cuando nos lo repiten hasta la saciedad, en infusión continua, directo a la conciencia. ¿O al subconsciente? ¿De forma sublime?.
El sentirme como una marioneta oscurece más el día.
Solía pensar que el destino no está escrito, pero a menudo me entristece ver que otros lo escriben por mí, o al menos limitan el folio que albergará mi historia, las estrofas, los versos, el pentagrama, rompiendo mi ritmo, mi cadencia, mi color...
Caen cuatro gotas que me devuelven al ahora, al aquí. Y lamento no poder instalarme en el allí, el quizás, el subjuntivo o el condicional...
Estoy llegando a casa, veo encendida la luz del comedor y mi estómago, como a las órdenes de Pavlov, reclama una cena caliente.
29/09/2009
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