jueves, 10 de junio de 2010

Noche de cinco sin cinturón.


Fuentes, odio, sonrisas, el reloj, una noche por delante inesperada, dolor y Nolotil para sobrellevarlo, toda una odisea que sale de una guitarra hambrienta de sonrisas y de sonido.

Las cosas a veces sí son como parecen, como las dibuja la percepción. Sucede cuando la conexión se palpa en el ambiente y no se sabe el porqué. Y es entonces cuando todo fluye, y es entonces cuando se podría y se desearía parar el tiempo. La oscuridad se va tornando luz crepuscular, ambigua pero generosa, cediéndote lo mínimo como para ver las cuerdas de la guitarra y respetando el maravilloso mundo del lenguaje no verbal.

Abrigo, calcetines, pizza frustrada en Montcada y coche de cinco sin cinturón. El Mcdonal’s de Ronda Litoral nos acoge finalmente y el ruido de las máquinas extractoras de arena de mar se confunde con el romántico murmullo de los neumáticos. La muerte sale a relucir en una conversación y los sentidos se sincronizan para vivirla con respeto y con cierta distancia. Cada uno tiene su opinión, o cree tenerla, formada a base de la afortunada o desafortunada experiencia. Suena Dust in the wind y Iona chuta una piedra en vez de la pelota. La respuesta es una sonrisa, en este amanecer no valen lágrimas, y si las hay, son de felicidad y de amplitud.

Vuelta al lugar de partida, pero en compañía de un sol tímidamente maravilloso.

La sala de revistas hoy estará cerrada, hay vaga de funcionarios.

Montenegro



"Después de tocar fondo te das cuenta de que siempre hay un renacer en las emociones, un respiro, un blanco que eclipsa al negro, un momento impregnado de bandas sonoras emocionantes, de esas que hacen que, de repente, todo parezca claridad y ligereza.

La almohada es una gran consejera. Siempre fiel, no duda en acompañarte en todo momento. Eso sí, a veces con la ayuda de 12mg de Dormidina, si...

¿Cómo puedo sentirme hoy tan bien y ayer tan mal?. Buf, como brilla el sol..."
24/08/2009

Tiemblan las hojas al paso del tiempo


Tiemblan las hojas al paso del tiempo. Tiemblan hasta caer extenuadas y absortas ante su muerte, ante el final del fin. Crujen mientras las piso al compás de Nouvelle Vague y miro al cielo. Todo está teñido de un gris pastel, sincronizándose con mi humor. No tengo prisa en llegar a casa y me recreo mirando los aparadores: “descuento”, “liquidación por traspaso”, “se vende”, “se alquila”, “se vende o alquila”, “se vende, alquila o traspasa...”, y sistemáticamente se dibuja la famosa palabra en mi corteza prefrontal, CRISIS. Es entonces cuando me paro a pensar, sin dejar que la música rija el compás de mi razón, apartándola y relegándola a la categoría de banda sonora:

¿Sentimos que algo pasa cuando realmente pasa o cuando nos dicen que pasa?. Sabemos que algo pasa cuando nos lo dicen, pero sentimos que pasa cuando nos lo repiten. Cuando nos lo repiten hasta la saciedad, en infusión continua, directo a la conciencia. ¿O al subconsciente? ¿De forma sublime?.

El sentirme como una marioneta oscurece más el día.

Solía pensar que el destino no está escrito, pero a menudo me entristece ver que otros lo escriben por mí, o al menos limitan el folio que albergará mi historia, las estrofas, los versos, el pentagrama, rompiendo mi ritmo, mi cadencia, mi color...

Caen cuatro gotas que me devuelven al ahora, al aquí. Y lamento no poder instalarme en el allí, el quizás, el subjuntivo o el condicional...

Estoy llegando a casa, veo encendida la luz del comedor y mi estómago, como a las órdenes de Pavlov, reclama una cena caliente.

29/09/2009